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¿TIENES IDEA DE CÓMO FUNCIONA EL SISTEMA INMUNE?

Nuestro cuerpo es un complejo entramado de células que conforman tejidos, órganos y sistemas con funciones muy específicas. Uno de los sistemas más sorprendentes es el inmune. Nuestra estructura defensiva lucha contra organismos microscópicos desde hace SIGLOS. Sin embargo, estos microbios (virus, bacterias, hongos y parásitos) mutan año tras año a una velocidad que en ocasiones hace caer la mejor de las defensas.

El sistema inmune cambia de persona a persona. Juega allí una serie de factores genéticos y estilo de vida que mejoran o empeoran nuestra capacidad de defendernos.

¿Te preguntas cómo fortalecer el sistema inmune? La pregunta correcta es cómo funciona. Aprende sobre esto y sabrás cómo fortalecerlo de la mejor manera.

Epidemias y pandemias que nos afectan desde hace siglos

Las enfermedades infectocontagiosas siguen moldeando nuestra historia. Estos seres diminutos que necesitan de microscopios para ser vistos, tienen un potencial destructivo enorme. Recordemos la cantidad de muertes suscitadas por la Peste Negra en el siglo XIV o lo que sucede en la actualidad con el Covid-19.

De entrada, el sistema inmunitario tiene una misión simple (en teoría): detectar los microbios y diferenciarlos de las células propias, para luego eliminarlos. Pero no tiene ojos, ni tacto. Para esto, emplea un mecanismo de rastreo de proteínas.[1] Cuando nuestras células defensivas detectan una proteína desconocida (la del patógeno), activan unas células mensajeras llamadas citoquinas. Las citoquinas envían señales de alerta en los tejidos cercanos.

Llegados a este punto, vale la pena definir:

  • Antígenos: sustancias que se encuentran en el interior o exterior de una célula patógena. Son una especie de “marca” que nuestras defensas pueden detectar.
  • Anticuerpo o inmunoglobulina: las células defensivas encargadas de producir la respuesta inmunológica.

Guerra a muerte contra patógenos

Podríamos decir que el sistema inmune cuenta con al menos tres fases de defensa.

En la primera, la piel y las mucosas son las protagonistas. Estas evitan que los microbios entren al cuerpo. De allí la importancia de cuidar heridas o abrasiones.

En la segunda línea de defensa, el patógeno ya entró al cuerpo y es necesario atacarlo para que no se replique. Entonces, nuestro cuerpo activa dos líneas celulares: la linfoide y la mieloide.[2]

En línea mieloide se sintetizan los glóbulos blancos: neutrófilos, basófilos, eosinófilos y monocitos. Estos últimos maduran a macrófagos y células dendríticas. Todas estas células son asesinas natas.

Ahora bien, si se sobrepasa las capacidades innatas de defensa, se activa la línea linfoide. Aquí llegan los Linfocitos T y B, mucho más específicos. Las células B estimulan la síntesis de anticuerpos. Las T destruyen los patógenos, pero, además, crean una memoria de registro.[3] Así, en caso de reinfección, la respuesta es más precisa, rápida y eficiente.

3 tipos de inmunidad

Nuestro sistema inmune es inteligente, capaz de reconocer patógenos y reaccionar específicamente a ellos. Para esto, aprende de las infecciones que ha tenido a lo largo del tiempo. Y también, como hemos visto, tiene una multitud de células defensivas, algunas con mayor potencial de ataque que otras.

Debido a esta red de funciones y respuestas, la ciencia ha diferenciado por lo menos tres líneas de inmunidad.

Inmunidad Innata o natural

Representa la inmunidad con la cual nacemos, definida por nuestra carga genética.[4] Aquí intervienen células fagocíticas (que ingieren el patógeno) tales como macrófagos, células dendríticas, neutrófilos (perteneciente a la familia de glóbulos blancos), y células como las NK consideradas asesinas naturales.

Inmunidad Adquirida (adaptativa/específica)

Acá, como ya se mencionó, entra en función los linfocitos B y T. Ambos linfocitos necesitan de unas células presentadoras de antígenos, conocidas como células dendríticas, para poder actuar. Por otro lado, la memoria inmunológica tarda años en desarrollase.[5]

Inmunidad Pasiva

Un claro ejemplo fisiológico es la inmunidad que adquirimos a través de la placenta, por el cordón umbilical o mediante la transferencia de anticuerpos. Esto no genera memoria inmune, pero es útil por un corto periodo de tiempo.

¿Por qué nos enfermamos?

A pesar de que nacemos con un mecanismo integrado de defensa que mejora con los años (al desarrollar memoria) es necesario mantener un equilibro energético.

Si perdemos dicho equilibrio, las funciones del sistema de defensa pueden disminuir. Como buenos soldados, estas células cuidarán de nosotros, pero debemos garantizar un ambiente rico en micronutrientes (minerales, oligoelementos y vitaminas).

Inmunidad vs Autoinmunidad

La autoinmunidad es un evento dónde el cuerpo desconoce sus propias células. Las ve como como enemigos y decide eliminarlas.

Al respecto, nutrientes como la vitamina D cumplen un papel inmunoregulador. De hecho, estudios sugieren que bajas concentraciones de vitamina D estarían relacionadas con la severidad de varias enfermedades autoinmunes.[6],[7]

¿Te suplementas adecuadamente?

Nutrientes como la vitamina D3 y el magnesio permiten el adecuado funcionamiento y síntesis celular. Hablamos de potenciadores naturales del sistema inmune, que deben estar en cantidades óptimas en nuestro organismo.

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Desgraciadamente, no siempre contamos con las reservas suficientes de estos elementos, lo que puede empeorar con los años. Por ejemplo, se sabe que la edad es un factor limitante en la transformación de la Vitamina D a su forma activa.[8]

Referencias

[1] Maddur MS, Lacroix-Desmazes S, Dimitrov JD, Kazatchkine MD, Bayry J, Kaveri SV. Natural Antibodies: from First-Line Defense Against Pathogens to Perpetual Immune Homeostasis. Clin Rev Allergy Immunol. 2020 Apr;58(2):213-228. doi: 10.1007/s12016-019-08746-9. PMID: 31161341.

[2] Idem.

[3] Sánchez-Rodríguez SH, Barajas-Vásquez GE, Ramírez-Alvarado ED, et al. El fenómeno de autoinmunidad: enfermedades y antígenos relacionados. Rev Biomed. 2004;15(1):49-55.

[4] Idem.

[5] Idem

[6] García-Carrasco, M., & Romero, J. (2015). Vitamina D y enfermedades autoinmunes reumáticas. Reumatología Clínica11(6), 333-334. doi: 10.1016/j.reuma.2015.11.001

[7] Ersoy-Evans S. (2010). Commentary: Vitamin D and autoimmunity: is there an association?. Journal of the American Academy of Dermatology62(6), 942–944. https://doi.org/10.1016/j.jaad.2010.02.009

[8] Gallagher J. C. (2013). Vitamin D and aging. Endocrinology and metabolism clinics of North America42(2), 319–332. https://doi.org/10.1016/j.ecl.2013.02.004

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